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Los secretos de la memoria

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Cada día de nuestra vida almacenamos en nuestra memoria decenas o centenares de datos. En realidad, cada minuto que pasamos frente al ordenador, frente al televisor o simplemente charlando con unos amigos, almacenamos recuerdos. Y lo hacemos igualmente simplemente paseando por la calle. Vemos letreros, edificios, monumentos, escaparates. Y todo eso pasa a nuestra memoria.
A partir de ahí, nuestro cerebro, a través de nuestra propia experiencia o de nuestro instinto, decide qué es importante. Lo que no lo es, permanece guardado en un rincón. Con el paso del tiempo, nuestro cerebro también decide que parte de esa información arrinconada es innecesaria y puede olvidarse para dejar sitio a nuevos datos.
A todos nos ha sucedido alguna vez buscar un recuerdo que se resiste: el título de una novela, el nombre de un actor, la fecha del cumpleaños de un familiar. A propósito del asunto, existe una maravillosa obra de Aaron S. Benjamin, quien nos explica que como norma general, cuando no recordamos un dato que “tenemos en la punta de la lengua” la causa suele ser que simplemente, ese recuerdo está guardado donde debe estar. Por muy irritante que nos resulte, tenemos ese recuerdo almacenado en el “trastero” de nuestra memoria y muy a menudo conseguimos rescatarlo cuando nuestro cerebro entiende que nos hace falta. Me explico: si para recordar el nombre de un actor buscamos los títulos de algunas películas que ha interpretado o los nombres de sus compañeros de reparto, nuestro cerebro interpretará que el dato es importante y lo rescatará.
Tenemos que comprender que nuestra memoria no funciona como el disco duro de nuestro ordenador, donde todo tiene más o menos la misma importancia y hoy puede almacenar infinitos datos. Nuestro cerebro los ordena por orden de importancia, y eso resulta un método tremendamente eficaz. Por ejemplo, cuando buscamos nuestro coche en el parking de un aeropuerto, nuestro cerebro solamente buscará el recuerdo de ese día, de ese parking y de ese coche. El disco duro de un ordenador, por su parte, nos ofrecería todos los datos almacenados de todos los coches, de todos los días y de todos los parkings que hayamos introducido en su memoria, pues no tiene ni idea de qué es lo que necesitamos.
El problema llega cuando no somos capaces de recordar un dato realmente importante: dónde hemos aparcado el coche media hora antes, el recado que nos hemos propuesto hacer cuando salimos de casa o una tarea que tenemos pendiente en nuestro puesto de trabajo. Entonces sí es cuando tenemos un fallo de memoria. Si esa situación se da una vez, no debemos preocuparnos. Puede tratarse de una distracción que interrumpió el almacenamiento de ese recuerdo o de un error de nuestro cerebro.
Pero cuando el fallo es recurrente, conviene acudir a un especialista que evaluará nuestra situación, nos dará un diagnóstico y nos aconsejará la terapia más adecuada. Hay métodos muy efectivos para resolver o mitigar el problema, y cuanto antes se busque la ayuda, más probabilidades tendremos de encontrar la mejor solución.
 
 

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