Experimento de la prisión Stanford: buenos o malos

prision de Stanford

¿Somos buenos o malos? La respuesta a la pregunta que da título a este artículo no es sencilla. En principio y de una manera generalizada, se puede afirmar que la mayoría de las personas somos intrínseca y naturalmente buenas, colaborativas, empáticas, generosas.
No obstante, ello se debe a que el rol que nos toca vivir nos permite ser buenas personas y comportarnos como tales. Sin embargo, muchos experimentos han demostrado que cuando se nos asigna un rol determinado que nos lleve a cambiar nuestra natural forma de ser, podemos convertirnos en personajes odiosos.
Entre todos esos experimentos hay uno que a pesar de la polémica que generó, por sobrepasar los límites de la investigación científica, demostró hasta qué punto podemos llegar a convertirnos en malas personas si se nos lleva a situaciones extremas. Se trata del conocido como Experimento de la prisión de Stanford, dirigido en 1963 por el psicólogo Philip Zimbardo. Zimbardo seleccionó a 24 voluntarios entre alumnos de su universidad. Seleccionándolos al azar, lanzando monedas al aire, convirtió a la mitad de ellos en guardianes de una prisión simulada en los propios sótanos de la Universidad. Los otros doce cumplieron la función de reclusos. El propio Zimbardo, como director del experimento, hizo las funciones de “superintendente” de la prisión.

El estudio se les fue de las manos a pocas horas del comienzo. Aunque en este corto espacio no es posible detallar todo lo que sucedió, baste decir que tanto presos como guardianes empezaron a asumir sus roles de tal manera que los primeros se rebelaron y los guardianes reaccionaron reprimiendo con violencia el motín. A partir de ese momento, los estudiantes que cumplían el rol de presos adoptaron posiciones sumisas y los guardianes empezaron a humillarlos y a maltratarlos, lo que a su vez provocó nuevos motines y situaciones de gran tensión. El propio Zimbardo fue tan fiel a rol de superintendente de la “prisión” que llegó a pedir a la policía el traslado de los presos a calabozos auténticos para mantenerlos bajo control.
El experimento, que debía durar dos semanas, se suspendió al sexto día cuando Zimbardo comprendió que la situación estaba ya fuera de todo control. Desde entonces y hasta hoy, Zimbardo ha continuado sus estudios sobre el comportamiento humano. Recientemente ha introducido un elemento de esperanza, o una excepción a la regla, al afirmar que entre quienes asumen el rol de malvados también surgen personas nobles. De hecho, su experimento fue clausurado cuando una de las cincuenta personas que visitaron la “prisión”, le hizo ver que lo que estaba sucediendo era simplemente cruel e irracional. Las otras 49 lo habían aprobado.

Paula Cañeque-psicóloga

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